El capítulo seis del evangelio según San Juan que venimos leyendo en el evangelio de la misa dominical presenta la obra salvífica de Jesucristo por medio de la metáfora del alimento; hace ocho días leímos el ‘signo’ del pan repartido en abundancia, a partir de este signo profundizaremos en dos temas principales: el don de Dios en Jesucristo, presentado como ‘el pan que baja el cielo’, y la exigencia de apropiarse de este don, esto es, la necesidad de ‘comer la carne del Hijo del hombre’ para tener vida.
En el evangelio de la misa de hoy (Juan 6, 24-35) tenemos la introducción al primer asunto: el don de Dios en Jesucristo; en el escenario del reencuentro de la multitud con Jesús se proponen dos temas importantes: la reorientación del deseo de la multitud y la fe en el Enviado.
Veamos como Jesús reorienta el deseo de la multitud. Los galileos abordan a Jesús manifestando una grata sorpresa: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?»; pero Jesús, que no se deja seducir por el triunfalismo de la masa, lleva la conversación a un nivel superior planteándole a sus interlocutores dejar lo inmediato para ver más allá: «Trabajen no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna». Ellos comprenden y aceptan de Jesús ‘ver más allá’.
En este primer diálogo es importante el verbo realizar o trabajar, que retoman los galileos y que sirve al texto para pasar de las obras de los hombres a la obra de Dios.
Los galileos aceptan poner la mira más alta: «Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» Poner la mira más arriba implica pasar de las obras de los hombres a la obra de Dios: «La obra de Dios es esta: que crean en el que Él ha enviado».
El contexto del capítulo nos lleva a entender ‘el trabajo que Dios quiere’, no como una tarea que se manda, sino como gracia que transforma al hombre en un discípulo de Jesús. La obra –o el trabajo– de Dios consiste en hacer discípulos de Jesús; en este sentido el trabajo de Dios es gracia que libera al ser humano para acoger el evangelio de Jesús. Esta afirmación la reconocemos en tres lugares de este capítulo: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado» (véase Juan 6, 37.45 y 65).
En cuanto al segundo tema en el evangelio de hoy: la fe en el Enviado, los galileos aceptan la invitación de Jesús en el sentido de reorientar su búsqueda, pero les cuesta abrirse a la novedad y cierran las puertas para acoger la revelación por venir. Veamos cómo avanza el asunto.
Los galileos desconfían de la obra de Dios consistente en llevarlos hasta Jesús y creer en Él para tener vida; la entienden como una especie de aventura que contrasta con la seguridad que brinda lo ya conocido.
Los galileos rechazan la invitación a creer en el Enviado para tener vida porque creen que la vida ya la tienen asegurada por el alimento del desierto que les proveyó Moisés. En este contexto, más que a la materialidad del maná, los galileos se refieren al alimento –el soporte– de la vida, que para un judío es la Ley.
En la mención del don del desierto, los galileos hablan del pasado –«nuestros padres comieron»–, mientras que Jesús los invita a acoger el don de Dios en el presente –«es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo»– y les revela que este don da la vida al mundo –«el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo»–.
Los galileos admiten que Jesús es capaz de asegurarles de día en día ese don de Dios que da vida y pasan a pedirle: «Señor, danos siempre de este pan»; ellos no esperaban que ‘ese pan’, fuera Jesús. Con la revelación de Jesús como el pan que da vida concluye por hoy nuestra lectura del capítulo seis del evangelio según San Juan.

